Extiende tu estadía

Tuesday, October 16, 2007

Fragmento del Libro LEPRA Ó
Dr. Alcides Caballero López


ISABEL


No Se imaginan ustedes, cuanta tristeza se apoderó de mi al desaparecer el amado maestro, era como si la base de mi existencia se hubiese de pronto desmoronado, desamparado en aquellas agrestes soledades, aunque con el pensamiento pleno de ideas nuevas y una fe en un mañana mejor que poco a poco iba diluyendo mi precaria sensación de vivir sustituyéndose por la alegría de saber que ahora, sí tenía un sentido continuar existiendo. La esperanza había brotado como tierno retoño, brote que crecería con lozanía conforme a mi voluntad de trabajo sobre si para estar en comunión con esa potencia del alma que todo lo puede. Sentía las pulsaciones del corazón en todo el cuerpo, sensibilizado al máximo por aquella maravillosa entrevista con el gnomo, había comprendido de pronto, como si una repentina tormenta de razón abatiera el desierto de mi ignorancia, que siempre hay un motivo suficiente para seguir en la misión que desde que venimos al mundo traemos consigo. El viento movía el par de flores que me había obsequiado sacudiendo los blancos pétalos; la expresión triste y melancólica dio paso a una sonrisa de triunfo y plena satisfacción.

Cuando llegué a la encrucijada desde donde se divisa la casa de Zenaida, detuve la marcha por un momento, desmonté, caminé hacia un claro del bosque a contemplar el paisaje, la hermosa hondura y la bastedad de esos horizontes aquietando mi espíritu con la majestuosidad de la naturaleza. Al borde de una ladera, sobre unos tremendos pedrejones blancos, observando la lejanía, la bruma de los cerros y los nubarrones gris oscuro moviéndose con lentitud hacia el sur. Aún se veían los lamparones blancos de la nieve diseminados en los llanos, desparramados sobre las oscuras copas de los pinos; todo estaba quieto, no soplaba la brisa, todo estaba en silencio. Quizá por eso, pude oír a lo lejos el canto de muchas personas. Traté de captar de donde venía aquel coro y arranqué de nuevo la moto hacia el poniente sobre un camino que se iniciaba a unos veinte metros de donde estaba, siempre hacia el poniente que me llevó hasta un caserío enclavado en una planicie sobre la montaña.

Los cantos subían de tono a medida avanzaba; eran himnos religiosos entonados por un grupo de personas que caminaban con solemnidad hacia una tarima como de unos seis metros cuadrados, adornada con flores y guirnaldas de papel donde se habían colocado varias jarras de vidrio con leche. Suculentos trozos de queso, frutas y toda clase de golosinas sobre blanquísimas mantas. Un grupo de ancianos llevaba sobre los hombros una litera confeccionada con varas fuertemente unidas con sogas delgadas, sobre la que iba una joven de diez y seis o diez y ocho años, blanca de ojos azules y cabello rubio, semidesnuda, cubriendo exiguamente su pecho y genitales con una red de hojas; se reclinaba, provocativa en unos almohadones. Daba la impresión de una Eva en el edén. Cantaba con los demás sin haber notado mi presencia.

Se detuvieron cerca de la tarima superior y me acerqué al lugar donde yacía la joven a quien pedí que aceptara las margaritas, el bello obsequio del maestro. Ella complacida y alegre dijo con un fuerte grito ¡ Gloria al Señor! .

Un anciano de blanca cabeza y espalda encorvadita por los años, me sonrió amablemente haciendo ademán con el sombrero de que me acercara. 

- La paz del Señor sea con usted, joven. Me ha causado rete mucha extrañeza esas flores que le dio a la hermana, cómo es posible que en medio del ivierno las haya usted conseguido. En esta época del año es difícil que estas plantas se den. De todas maneras, sea bienvenido, y si lo desea puede acompañarnos, cosa que nos honraría. Venga por aquí donde podamos hablar, le explicaré lo que estamos haciendo en esta fecha; hoy, precisamente, y como todos los años, es cuando celebramos una pequeña fiesta en la que se conmemora el fin del mundo tal y como lo anuncian las sagradas escrituras. Nosotros sabemos que está cerca, pero lo celebramos con alegría porque ansina debe de ser, son los desinios del Señor y debemos tomarlos con felecidá. ¿ No cré usted? .

- Bueno, tienen derecho a hacerlo de eso estoy seguro. Y la señorita que llevan cargando en esa plataforma de varas, ¿ que es lo que representa? 

- Pues verá, desde hace varios meses escogemos a una virgen de la localidá y la preparamos para este día, ella simboliza la pureza, la castidá, la dinidá de Eva, es el orgullo de nuestra congregación; creemos que es la encarnación de María, la Madre tierra.

- Y esos venados que andan por todos lados y hasta juegan con los niños, ¿ Acaso son domésticos?

- Digamos que sí, son nuestros hermanos; aquí nadie hace daño a los animalitos silvestres, les cuidamos y ellos nos sirven para alegrar a los niños. A usted no se lo hemos alvertido porque su llegada ha sido así de pronto; pero, no permitimos que nadie moleste a estas criaturas de Dios. Mire, las ardillas andan por todas partes, y más ahora que hace tanto frío, buscan refugio en las casas del pueblo porque saben que nadie les molesta o daña. Nuestra comunidad es religiosa, sabemos que nos espera un mundo mejor al morir; usté debe de saber que la muerte es un pasito a una dimensión inmaterial donde el gozo y deseo carnal no existe. La Biblia nos habla claramente de todo esto, lo que sucede es que muchos estamos ciegos y sordos a las enseñanzas y no alcanzamos a comprender que Dios tiene un propósito para cada uno de sus hijos, propósito por el cual debemos de luchar y tratar de encontrarlo aquí, en la tierra, porque aquí es donde empieza el camino de la bienaventuranza del hombre para seguirlo en el más allá. 

"Si tu lo buscas, él se dejará hallar de ti. Existe un Dios en los cielos que es un revelador de secretos. El Señor Soberano Jehovah no hará ni una cosa a no ser que haya revelado su asunto confidencial a sus siervos los profetas ". Primera de Crónicas veintiocho, diecinueve; Daniel dos, veintiocho y Amós tres, siete. ¡ Amen!

El anciano estaba inspirado dándome una hermosa lección bíblica cuando un vocerío nos interrumpió. La comitiva había llegado hasta un lugar prefijado donde bajaron a la hermosa muchacha quien siempre sonriente y con las flores bajo el brazo, aplaudía con viva emoción y regocijo, - ¡ Aleluya, Aleluya, Gloria a Dios! . 

Un hombre de larga barba, con la Biblia sostenida sobre el pecho se irguió sobre los demás y pidió silencio. Todos callaron y la voz de aquel se oyó fuerte, clara y solemne.

- ¡ Estamos seguros de vivir en el tiempo preciso en el cual Nuestro Señor tomará en sus manos el gobierno del mundo! ¡ Estamos muy cerca del tiempo en que Dios pondrá fin a todo el sufrimiento e iniquidad sobre la tierra! ¡ ALELUYA, HERMANOS!

El señor tendrá dominio completo sobre el universo gobernando desde el cielo donde no puede llegar la corrupción del hombre; nadie será engañado por las falsas religiones que han brotado como la mala hierba, no habrá teoría política, filosofía o creencia alguna que contraríe esta divina gobernación. Ya lo dijo el Señor en sus profecías: " Se levantará nación contra nación, reino contra reino " Mateo veinticuatro, siete. ¡ ¿Se equivocó El Señor. Dijo mentiras, acaso Jesús?. ¡ No, de ninguna manera se equivocó el hijo de Dios!. ¡ No! , El no se equivoca jamás. Recordemos la primera guerra mundial, luego la segunda donde murieron más de cincuenta millones de seres humanos, después han venido otros y otros conflictos bélicos que nos demuestran la condenación del hombre en aras de sus demoníacos esfuerzos por gobernar con poder a los demás. Se acaba el tiempo de este mundo bajo la gobernatura de satanás, el fin vendrá como una catástrofe universal; será el caos, desorden de multitudes enloquecidas atropellándose, aplastándose sin misericordia. Recordemos, pues, con respeto lo que dijo El Señor: " Entonces habrá una gran tribulación como la cual no ha sucedido una desde el principio del mundo hasta ahora, ni volverá a suceder". " Por todo eso por la gloria de la palabra divina, ¡ Alegrémonos, hermanos! ¡ Temblad, temblad! Recibamos con alegría y fortaleza la voluntad del que está en lo alto ¡ Aleluya, aleluya! .

El hombre dejó caer su cabeza sobre el pecho, sofocado quizá por sus gritos desaforados. La multitud cambió, unos en silencio con la cabeza inclinada, otros con la mirada perdida, como si después de aquel concierto de gritos y amonestaciones sus mentes quedaran en blanco, sin capacidad alguna de argumentar. La jovencita semidesnuda comenzó a balbucir palabras incoherentes bajando la cabeza hasta las rodillas mientras una mujer le cubría con una manta. Al instante se inició un murmullo sordo, incoherente y grosero; una joven señora repetía a gritos la palabra Jehovah; a mi derecha, dos de los presentes comenzaron a convulsionarse grotescamente; encogían los brazos sobre el pecho, tiraban la cabeza hacia atrás con fuerza, los ojos en blanco y las manos estiradas al máximo girándolas de manera que las palmas quedaban hacia arriba por detrás de la espalda con los dedos pulgares adosados fuertemente al índice; un hombre en cuclillas brincaba como lo hacen los sapos, profiriendo extraños sonidos, una jerigonza totalmente inentendible. Varios niños miraban asustados a los "poseídos" contorsionándose con brusquedad, girando los ojos y babeando feamente; a mi izquierda dos mujeres gritaban mientras una anciana se retorcía y brincaba como primate borracho El anciano que me acompañó dejó su actitud de mansedumbre y se unió al desorden, empezó a levantar los hombros repetidamente sacudiendo la cabeza con la boca abierta de manera que la lengua daba latigazos sobre las comisuras espumeantes, una y otra y otra vez. Esto no lo aguanto más- dije- imposible seguir contemplando a esta gente. Y es que aquella reunión era un desorden increíble, una manifestación horrorosa del fanatismo humano.

- No se vaya joven- , - dijo uno que venía a unirse a la turba descompuesta - deje que el espíritu santo lo llene totalmente, aproveche que el espíritu de Dios anda entre nosotros para que lo posea como a todos los hermanos presentes, así lo mandan las sagradas escrituras y hay que obedecer.

No esperé más y discretamente me retiré de aquel sitio. Subí en la motocicleta un poco desconcertado y arranqué con brusquedad, atrás quedaba una parte de la sociedad fragmentada por una mente feroz, un ego falso inmerso en la locura del fanatismo; los berridos y gemidos eran audibles tras de mi pero desaparecieron al bajar una colina. Seguí mi silenciosa marcha sin mirar atrás cuando dos venaditos se detuvieron frente a mi motocicleta. Paré y estuve con ellos acariciándoles mientras pensaba. - ¡ OH Dios, cómo hay ignorancia en el mundo!. Si su divino espíritu es paz, serena y dulce tranquilidad para el alma, entonces. ¿ Cómo es posible que altere en esa forma a estas buenas personas?, ¡ NO, están equivocados! . ¿Cuando se librará el hombre de estas dolencias psíquicas?. ¿Cuando, la paz del alma?

Continué la marcha sobre camino visible puesto que durante el día la nieve se derritió dejando resbaladizo el terreno, cosa que demoró un poco mas de lo usual mi viaje de regreso al hogar. Era de noche cuando llegué a casa, el ruido de la motocicleta alertó a mi niño que salió corriendo a encontrarme, sus bracitos rodearon mi cuello y una nueva puerta de dicha se abrió haciéndome feliz. Abrazandole y cantándole canciones infantiles quedé profundamente dormido. A media noche desperté con inquietud, se había anidado un presentimiento extraño engendrado quizá por la tristeza de siempre al verme en aquel lugar, tan alejado de las comodidades que mi familia necesitaba. Fui hasta la puerta del consultorio, la abrí dejando que el frío me envolviera y la luz de la luna iluminara aquella desolación nocturna; pensé en mi padre, luego dirigí mi pensamiento hacia Dios y comencé a monologar, como si estuviese hablando con él.

- Padre, no puedo más que agradecerte todo lo que has hecho por mí. Sé perfectamente que tu mano bienhechora ha sido la amorosa guía que me ha llevado por todos esos lugares en busca de la verdad. Me has dado tanto, Padre mío que nunca terminaré de agradecerte; sobre todo, la excelencia de seres generosos que colmaron de esperanza y fe mi alma enseñándome el inicio del camino hacia la libertad suprema. No puedo apartar la idea de que mis padres me necesitan y preciso de su orientación y amor para hacer lo correcto porque necesito acercarme a ellos cuanto antes me sea posible. No quiero equivocarme más y anhelo saber con certeza donde está mi lugar, el sitio donde debo continuar mi desarrollo. Esta noche oscura y solitaria, se ha vuelto hermosa al conversar contigo, Señor y siento renovarse mi alegría de vivir. No puedo olvidar y recuerdo con nostalgia y agrado, a mis hermanos leprosos, en especial Isabel a quien no puedo apartar del pensamiento porque su imagen, tan solo ese recuerdo me anima a seguir. ¿ Por qué no me permite verla, Padre, tan solo un momento?. No deseo hacerle daño alguno, verla una vez mas, solo eso anhela mi corazón. 

El canto cercano de un búho me hizo volver a la realidad. Cerré la puerta y volví a mi lecho, ahí estaba mi esposa tranquilamente dormida junto al niño. Estuve observándoles un momento para luego acomodarme junto a ellos y descansar. Algún día - pensé-, este niño será el orgullo de la familia, un pilar para mi vida cuando lleguen los años de ancianidad. Espero que nada ni nadie lo aparte de mi lado.

Me despertó el ruido del avión que se había retrasado varios días por el mal tiempo. Me vestí rápidamente pues llegarían algunas cosas que había pedido con urgencia, medicinas, víveres y libros. Caminé hacia las oficinas de la aerolínea sin prisa pues no había motivo para correr; hacía frío esa mañana pese a que el sol de las siete ya calentaba un poco. En ese momento desaceleraban los motores del avión para detenerse completamente y esperar la salida unos minutos después cuando los nuevos pasajeros estuviesen en sus respectivos asientos. De pronto, como impulsado por un rayo comencé a correr porque creí ver entre los pasajeros que subían al aparato, a Isabel.

¡ OH Dios, que sea ella, que sea ella !. Y corría con desesperación y alegría de niño. ¡ ISABEL, ISABEL, ISABEL!. Y seguía corriendo con más fuerza sin darme cuenta que saltaba por encima de las piedras, entre los charcos salpicando mi ropa de lodo; iba como un loco, tropezando, casi cayendo pero con la intención de hablar con la persona a quien amaba entrañablemente. Libré de un salto la barda protectora y llegué anhelante a un lado del avión buscando la cara de mi amiga querida. Y no me equivoqué, era ella, tras una las ventanillas del avión apoyando las palmas de sus manos y la frente sobre el vidrio, mas hermosa que nunca la carita sonriente de mi princesa de la sierra observándome con su característica ternura. Cerró sus ojos y me envió un beso, movió su mano despidiéndose y luego se cubrió la cara; ¡ Estaba llorando!. y yo, petrificado, la miraba en un doloroso silencio, reprochándole su partida y dejándome sin ella talvez para siempre, con una sensación opresiva en el pecho y un enorme nudo en la garganta que no me permitía hablar, deseando con toda el alma que se detuviera el tiempo y poder sentirla una vez mas, cerca de mi.

El aparato aceleró con potencia sus motores, alguien gritó que me retirara de ahí y despejara la pista, pero yo no quería dejar de ver a mi amada de San José de la Sierra, mi princesita leprosa que una vez se alejó haciéndome daño aparentemente, pero fue el más grande bien que se le puede hacer a un ser querido, con su tierno amor, inducirme a buscarle en las profundidades del monte donde habría de encontrar el tesoro más valioso. Pero, ¿ Por qué se iba nuevamente? Por qué lloraba de esa manera? ¿ Era por mí? ¿ Por los dos?. Nunca lo supe ni puedo imaginar. 

Ahí quedé, inmóvil a un lado del aparato, el ventarrón provocado por las hélices me cubrió de polvo y basura. Había bajado la cabeza y sin reparo alguno, lloraba; mi llanto era de tristeza, de sentir que algo bueno y hermoso se alejaba de mi vida y peor aún, con el presentimiento de que jamás volvería a verle. Así permanecí hasta que el avión se desprendió de la tierra, describió una amplia curva hacia el oriente perdiéndose sobre las montañas. El ruido del viejo aeroplano se desvanecía cada vez más hasta que solo quedó el susurro del viento.

La voz ronca de Benedicto me sobresaltó. Tras de mi, el amigo leal, aquel que una vez me asustó en la cueva del arriero y enseñó a encontrar la razón de vivir alentado por sus palabras de campesino, permitiéndome luchar por él hasta vencer su enfermedad y demostrar que cuando amamos de verdad, somos capaces de lo imposible. 

- Me duele hasta muy adentro del pecho verle sufrir ansina, dotor, yo sé que usté ama a mi hija a la buena. Me di cuenta de cuanto nos buscó por todos los recovecos de la sierra, lástima que nuestro Señor no quiso que nos encontráramos de nuevo. Las cosas han quedao mejor que nunca, aunque usté no lo piensa así. Ya una vez se lo dijimos, mi amigo, hay un lugar en el cielo p´a las personas buenas de a de veras, como usted que sin temores ni remilgos, como el más valiente de los varones, se acercó a nuestras vidas y nos trajo la dicha mas grande que un ser humano es capaz de dar a los demás. Ende que lo conocimos, dotorcito, nuestras vidas se jueron por el camino de la bondad, una libertá pero bien dulcita se metió en el alma de la familia y nos pegamos a la esperanza de sus medecinas hasta que el mal se detuvo. ¿Que nos juimos a lo cobarde?. Pos a lo mejor, pero ¿ Que más podíamos hacer?. Ya sabe uste que somos reteaturdidos y brutos; pensamos que ansina le haríamos un bien...

Ya mi hija Isabel se ha curao dial tiro y su hermano ha mandao por ella de los Estados Unidos, dizque ya tiene trabajo p´a mi niña. Sé que va feliz en busca de su destino, destino que usté con su bondad le regaló; eso, por una parte, pero por otra, lleva el corazoncito destrozao. Quien sabe cuanto tiempo ha de pasar p´a que se le borre de su alma ese gran cariño que despertó usté en ella. Solo así, iluminados por su fe y la sinceridad del aprecio que nos mostró, pudimos ver que a pesar de vivir en esas honduras del monte, la esperanza nunca se esconde cuando la alumbra un corazón como el suyo, por eso vimos con claridá, y nunca terminaremos de manifestar esta gratitú que no se acabará jamás, agradecerle primero a Dios que lo puso en nuestro camino y aluego, a usted que se metió de lleno en el corazón de los leprosos de San José .

Yo sé que dentro de su pecho hay una tierra muy rica donde nació y creció la semillita del amor que mi hija dejó caer perjumada de inocencia, semilla que floreció en esas sus lágrimas de hombre que hoy ha derramao por ella. Pero también sé que como un varón de a de veras, podrá entender los santos desinios del Señor y aceptar las cosas tal como son. Nosotros, jamás nos escondimos de su persona. Mire, y a propósito, jue muy estraño que cuando lo buscábamos pa saludarlo, no le encontramos ni una tan sola vez, ahí andábamos como mensos diun lao a otro pero todo jue en vano.

Mi otra hija y yó, volvimos a la casa donde nos conoció, así que cuando quiera, vaya a vesitarnos y , como lo hacíamos antes, iremos a pescar truchas y palabriar en la cueva del arriero . 

- Apenas puedo hablarte, viejo amigo, no te niego que quiero a Isabel con todo mi corazón; ella, ha sido como una estrella que se me perdió y tuve que ir por todos lados luchando por encontrarla, rogándole al Señor me permitiese encontrarla. ¡ Y cómo son las cosas, Bene!, fíjate que nada menos anoche, le pedía a Dios que me concediera la dicha de ver tan solo una vez a Isabel; y mira hermano en qué forma lo ha hecho nuestro Padre, y digo en qué forma porque me duele saber que no la veré más. Sí, me alegro por lo que me has dicho, sé que va camino al sol, a un mundo distinto, donde encontrará su lindo sueño, es difícil aceptarlo, así nada más. ¿ Cómo decía?, ¿ Te acuerdas, Bene?, cuando suspiraba mirando al cielo y sonreía al decirnos que un día, tendría en un sitio lejano un hogar hermoso, lindos hijos y alguien por quien vivir.

- No se torture mas, médico, es mejor que ansina hayan pasao las cosas. Venga, vamos un momento a su casa, quiero conocer a su " estrellita de ojos cafés " y a su señora, sirve que palabriamos un buen rato y hacemos planes. ¡ Si no se ha acabado el mundo hombre!, y, si el Señor lo permite, quien quita y la chamaca se devuelva. Pero por de pronto, sosiéguese por el amor de Dios, calme su ansia y piense bien. Sirve que nos echamos un juertecito, me cuenta que ha sido de su vida todos estos tiempos pasaos y a lo mejor se anima y cuando tenga un lugarcito, pos va a vernos, ¿ No cré? 

En ese momento, un punto final quedó fijo en la hoja de mi vida. No volví a San José ni a la cueva del arriero; un poco resentido, pasaba de largo a ver a mi maestro y a gozar de las delicias de ese nuevo mundo donde un océano de conocimiento me esperaba para nadar libre en sus límpidas aguas . 

En mis sueños y en la realidad se me presentaba el anciano bajito, cuando menos lo esperaba; siempre sonriente, con esos "ojillos de lince " como atrevidamente le dije una vez y él se retorcía riendo a carcajadas.

“- Que ocurrente eres, hombre, " ojillos de lince, ojillos de lince!, repetía, feliz. Pasará mucho tiempo para volvernos a encontrar, la distancia y una nueva forma de vida te alejará de estos parajes donde has encontrado parte de tu destino y fuiste amigo, compañero, hijo, padre que llenó de felicidad a muchos, incluyéndome naturalmente. Nada se interpondrá entre nosotros, muchacho, lo presente no lo podemos evitar porque son ordenamientos que vienen de lo alto, más un día, quizás cerca de una roca, a la orilla de un río, en un frondoso árbol, ten la seguridad de que en cualquier parte de la tierra nos volveremos a ver. Será entonces cuando una nueva etapa de tu aprendizaje comience. No estarás tan viejo como para no volar sobre las gentes que te rodeen y les des una obra de amor que perdurará por mucho, porque tu huella, quedará marcada en la roca de la existencia como dices a menudo. Mientras eso llegue, continúa en la tarea de aprender de los hermanos mayores las enseñanzas propias para llevar la sanidad del espíritu y del cuerpo a muchos; no te sientas solo, porque en todos los lugares por donde vayas, estaré contigo. Rodéate de personas gentiles y buenas y busca la mejor atmósfera para vivir. Huye de las multitudes, distínguete con elegancia y humildad. Recuerda: cuando veas a una criatura inferior en peligro, protégela, porque seguramente estarás salvando y protegiendo una parte de tu propia vida y sobre todo ayudándome con la tarea que se me ha encomendado. Soy tu amado hermano. Ve en paz ......

Cuando llegué a la encrucijada desde donde se divisa la casa de Zenaida, detuve la marcha por un momento, desmonté, caminé hacia un claro del bosque a contemplar el paisaje, la hermosa hondura y la bastedad de esos horizontes aquietando mi espíritu con la majestuosidad de la naturaleza. Al borde de una ladera, sobre unos tremendos pedrejones blancos, observando la lejanía, la bruma de los cerros y los nubarrones gris oscuro moviéndose con lentitud hacia el sur. Aún se veían los lamparones blancos de la nieve diseminados en los llanos, desparramados sobre las oscuras copas de los pinos; todo estaba quieto, no soplaba la brisa, todo estaba en silencio. Quizá por eso, pude oír a lo lejos el canto de muchas personas. Traté de captar de donde venía aquel coro y arranqué de nuevo la moto hacia el poniente sobre un camino que se iniciaba a unos veinte metros de donde estaba, siempre hacia el poniente que me llevó hasta un caserío enclavado en una planicie sobre la montaña.


ÓDr.
Alcides Caballero López